matemáticamente Lunes, 5 octubre 2015

HÉROE DE NADA: (Reflexiones acerca de la desangelada autobiografía del Chorri Palacios.)

Hace un tiempo Eddie Fleischman me citó en un café y me dijo: “Quiero hacer una revista y que tú la edites“. ¿Una revista, en estos tiempos del balbuceo de 140 caracteres y dictadura de los memes?, me pregunté. Y me encantó la idea. Cada vez que sale una nueva publicación, se vende como distinta, y como la alternativa que la gente, cansada de lo mismo, estaba esperando. Lo único que ofrecemos en este primer número –y los que esperamos vengan después– es contenido con información relevante, con análisis y con grandes historias. En esta edición, Jose Carlos Yrigoyen le mete el bisturí al libro del Chorri Palacios. Esta es solo una muestra de FAIR PLAY.

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escribe José Carlos Yrigoyen para FAIR PLAY

Mientras leía El Chorri: el último héroe del fútbol peruano (Titanium, 2015) me puse a pensar en cuáles son los requisitos mínimos, si es que los hay, para que un futbolista publique un libro autobiográfico. Se me ocurrieron varias posibilidades: haber sido campeón del Mundo o al menos haber participado con brillo en algún Mundial, demostrar un desempeño notable en una selección medianamente exitosa, tener en su palmarés algunos títulos internacionales de importancia, haber jugado varias temporadas en un club de primer orden y ser su referente, o al menos haber compartido la cancha con los grandes jugadores de su tiempo para llenar algunas páginas de anécdotas sabrosas. Estaremos de acuerdo en que cualquiera de estas condiciones es lo mínimo que se debería exigir para pretender inmortalizar editorialmente una trayectoria. Ahí están los ejemplos de Maradona, de Schumacher o hasta el de Julio César Uribe. Uno lee sus libros y más allá de las subjetividades, explosiones de vanidad o mentiras flagrantes, reconoce que preservar esas historias, o esas versiones de sus historias, estaba de alguna manera justificado.

Lamentablemente, el libro de Palacios carece de cualquiera de estos requerimientos y, encima, está desprovisto de otros de carácter extradeportivo. Lo primero que constatamos mientras vamos adentrándonos en la lectura es que este relato de los supuestos logros del Chorri no hace sino adelgazar la ya menguada imagen de jugador emblemático de la Selección que guardábamos de él. Este volumen es notable para recordarnos la terrible mediocridad por la que pasaba nuestro fútbol durante la década de los noventa, perfectamente encarnada en la carrera de Palacios: nada que rescatar con la selección peruana, ningún torneo donde haya tenido una actuación memorable. Lo más resaltable de todo lo que cuenta es el cuarto lugar en la Copa América de 1997, y eso ya dice bastante. Consciente de su indigencia de triunfos, anota en algunos párrafos alucinantes premios consuelo como que en la Copa América del 99 quedamos en sexto lugar, y apunta que ese puesto nos puso en esa competición por encima de Argentina. Recuerda también algunos de sus mejores goles con la blanquirroja en la eliminatoria para Francia y Corea Japón, pero está claro que a estas alturas esos tantos no bastan para otorgarle el pomposo título que se arroga en el subtítulo de su libro.

El Chorri, la verdad sea dicha, no fue más que un jugador bastante tribunero que estuvo de moda unos pocos años entre finales de los noventa y principios del nuevo siglo. Nadie que esté en sus cabales se le ocurriría mencionarlo entre los grandes nombres del fútbol peruano. En cuanto a su actuación en clubes, más allá de sus recordadas performances en Cristal, todo lo demás es olvidable. Su paso por instituciones del extranjero no tiene nada del otro mundo -Tecos, Morelia, Liga de Quito-, al punto de que el escalón más alto al que llegó fue una improductiva incursión en el Cruzeiro, en donde estuvo apenas unos pocos meses. Su roce con jugadores de talla mundial es tan insignificante que lo mejor que tiene el libro para mostrarnos al respecto es una foto suya con Sandro Gamarra. La tragedia más grande del Chorri es que narrar su carrera es empequeñecerla: página a página se esfuerza en convencernos de que fue un jugador menos importante de lo que alguna vez supusimos.

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La contra del volumen, un poco para poner el parche, reza que “más que un recuento de triunfos y logros futbolísticos, en este libro Palacios nos entrega una historia sumamente humana… todo ello narrado con la honestidad y valentía que el Chorrillano Palacios derrochó innumerables veces en las canchas de fútbol”. Esta promesa también queda incumplida desde el saque. En verdad, el perfil de Palacios como persona es francamente anodino, por momentos tan vacuo que molesta. El capítulo de su difícil infancia y de su ascenso a base de esfuerzo y voluntad está contado de una manera tan predecible y mecánica que no conmueve nunca; sus anécdotas de camarín son tan sosas y ayunas de chispa como aquella en que un catequista entra a la concentración de Cristal para confirmar a los jugadores que aún no lo habían hecho, o los problemas con la altura que sufrían algunos futbolistas extranjeros en Cerro de Pasco. Luego, nada más. El libro del Chorri no es honesto; es más bien un compendio mentiroso, una rechinante impostura, una caja de cosméticos. Palacios nunca confiesa sus flaquezas, jamás reconoce un solo error, y encima no duda en echar barro de manera sinuosa a jugadores con una carrera mucho más destacable que la suya como Solano, Uribe y hasta Chemo del Solar. Se empeña en mostrar la imagen de un hombre siempre noble, carismático, patriota, ganador, cuando al final lo que nos queda es la figura de un tipo sin mayor gracia que disfraza sus rencores y fracasos con una moralina infumable –que, estoy seguro, ni él mismo se cree- y que ha terminado siendo más recordado por sus lágrimas –falsas o reales- que por sus goles.

Mención aparte merece la deplorable manera en la que este libro ha sido editado. La forma en que se narra la vida del Chorri es tan chata y monótona que ahuyenta al lector más dispuesto. Es verdad que Palacios no se ha caracterizado nunca por su amenidad ni por su soltura verbal, pero el encargado de entrevistarlo y redactar su versión de los hechos se ha limitado prácticamente a transcribir fielmente sus declaraciones, lo que explica la rotunda pobreza expresiva del relato. Otro error imperdonable es la inexactitud de varios datos. Se afirma que el segundo partido de las eliminatorias para Francia 98 fue frente a Chile y que acabó empatado 2-2, cuando en realidad el segundo encuentro fue contra Colombia y terminó empatado a un tanto. Luego se contradice y asegura que el partido contra los mapochinos en Lima lo ganó Perú 2-0, cuando lo cierto es que venció por 2-1; en otro apartado afirma que en la Copa América del 97 le ganamos a Uruguay por 2-0, cuando fue por un solo gol, obra de Martín Hidalgo. Y así, como estos, hay muchos errores históricos más. Pero es mejor dejar esto aquí, con la triste certeza de que con este libro Roberto Palacios ha cometido quizá el autogol más incómodo de su vida.