matemáticamente , noticias Jueves, 10 diciembre 2015

El noveno ensayo

Por Juan Carlos Ortecho.

Un adelanto de la Revista Fair Play de Diciembre que ya está en quioscos de Lima.

(FOTOS: ITEA COMUNICACIONES /Andrés Lino)

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EL NOVENO ENSAYO
Ricardo Gareca, el fútbol peruano y el triunfo de la esperanza sobre la experiencia

“No esperábamos estar en esta situación. Confiábamos en no tener este puntaje” (Ricardo Gareca en conferencia de prensa en Salvador, después del 0-3 ante Brasil que dejó a Perú al fondo de la tabla con 3 puntos de 12 disputados)

En el cuento La vida que pensamos, el escritor argentino Eduardo Sacheri relata la historia de Bochita, una jovencita que acompaña a su abuelo moribundo a la cancha a ver al Gimnasia y Esgrima de sus amores por última vez. Los médicos le han prohibido cualquier emoción fuerte al anciano, pero ella igual lo lleva y presencia, con estupor y rabia, cómo su equipo es dominado por el rival y pierde sin atenuantes. “Maldito Gimnasia y Esgrima de La Plata. Malditos jugadores, incapaces de regalarnos una victoria”, refunfuña ella. El abuelo, viejo hincha del tripero, solo sonríe y le dice:

—No te calentés, Bochita. Una cosa es la vida que pensamos. Pero después cambia. Se tuerce. Es otra cosa. Al final, la vida hace lo que quiere.

A nosotros nos puede sonar familiar esa voz
 del abuelo diciendo que uno tiene un plan y
después la vida —o el fútbol, que es lo mismo— hace lo que quiere. Sin embargo, y a
diferencia del personaje del cuento de Sacheri 
al que nunca se le identifica con nombre propio, los hinchas de la selección peruana sí podemos decir quiénes son los que nos han atormentado con esa justificación de que el destino, caprichoso e inexorable, es el que decide nuestras desventuras en la cancha. Hasta ahora eran exactamente ocho y se llamaban Moisés Barack, José “Pepe” Macía, Vladimir Popovic, Juan Carlos Oblitas, Francisco Maturana, Paulo Autori, José Del Solar y Sergio Markarián.

Ahora se les ha unido Ricardo Gareca. El argentino encabeza el noveno intento peruano por ir a un mundial de fútbol, después de la felicidad cada vez más lejana de España 82. El noveno ensayo de un fútbol que parece abandonado a su suerte y famélico de triunfos, y que guarda la secreta esperanza de que el final del sufrimiento puede estar a la vuelta de la esquina. Gareca es el noveno que, ante el desengaño, y como el abuelo de Bochita, nos dice: “no te calentés, así es el fútbol”.

El noveno ensayo (sobre la ceguera (?))  Foto: El Comercio

El noveno ensayo (sobre la ceguera (?))
Foto: El Comercio

Nosotros igual nos calentamos. Y es que el hincha peruano representa al más flagrante caso del triunfo de la esperanza sobre la experiencia. Uno que quiere llegar al destino final transitando el mismo camino por el que ya se ha desbarrancado. Uno que, desde que el propio Gareca nos cursó el certificado de defunción con ese horrendo gol sobre el barro del Monumental de Nuñez en 1985 sigue pensando que no ir al mundial es cuestión del destino, una carambola fatal, un conjuro maldito.

La esperanza sobre la experiencia, pues más allá de a quiénes Gareca o sus ocho antecesores pusieron en la cancha, el hincha peruano sabe que los mejores jugadores del país, salvo contadas excepciones, siguen siendo devueltos de Europa en menos de seis meses. Lo lee todos los días, no solo en los diarios de cincuenta céntimos —de los que reniega, pero lleva bajo el brazo con la misma fidelidad que le profesa al pan y a la jamonada del desayuno— si no también en las páginas web y las redes sociales que siguen hasta la tercera generación de imberbes en ignotas ligas más allá del Cáucaso y que podrían ser convocados pues portan un pasaporte guinda como nosotros. Y sabe que, salvo dos o tres —Farfán, Guerrero, el recuerdo de Pizarro— no hemos producido jugadores de clase mundial en los últimos treinta años.

La esperanza que cacarean los hashtags y las campañas publicitarias cada vez que entramos en el círculo dantesco de las eliminatorias, triunfa sobre la razón de la memoria. El hincha peruano sabe que su fútbol está entre los más desorganizados, informales e invertebrados del continente. Y sabe que tiene un torneo como la Copa Perú que es quizá el más salvaje y corrupto del planeta. Pero quiere ir al mundial.

Sabe también que no hay canchas de fútbol cada dos cuadras como en el Río de la Plata, pero sí hay losas de cemento vertido por autoridades para las que el deporte es un fastidio al que hay mencionar solo en época de elecciones. Entiende que hace décadas se habla de la formación de bases, pero que los técnicos de menores siguen siendo los peores pagados del sistema deportivo. Sabe que el campeonato de primera división se sigue jugando en canchas de plástico y en corralones resecos, por debajo de cualquier estándar que exige el fútbol moderno. Pero quiere ir al mundial.

Nos meten nueve goles en cuatro partidos y por novena vez consecutiva reconocemos las imágenes, el sonido y la textura del fracaso. Y, otra vez, el que recibe nuestro rencor es el mensajero de turno, quien esta vez se llama Ricardo Gareca. Hay otro texto de Sacheri (Aviones en el cielo) cuyo personaje —como Bochita y como el hincha peruano— dice haber entendido finalmente al fútbol como “ese amor gratuito, esa esperanza desbocada. Ese dolor, esa rabia, esa fe rotunda en que, alguna vez, habrá revancha”. Hay que anotar, sin embargo, que Sacheri nunca dejó de ir al mundial por 36 años consecutivos.

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